Las mariposas son una cosa. A ellas las he sentido muchas veces, pero esta incomunicación de las piernas con el resto del cuerpo es novedosa.
Ya me ha pasado dos veces, dos veces por el mismo individuo. La primera vez, iba manejando camino a verlo, y no tenía fuerza para presionar los pedales del carro. Al bajarme, a duras penas pude subir las escaleras.
La segunda vez, fue de un absurdo total porque ante la mera suposición de poder tropezarnos mis piernas decidieron no caminar más. Necesitaba atravesar un pasillo largo y parada en un extremo del mismo, me costó arrancar. Ante mi primer pensamiento de huir del lugar, mis piernas nuevamente convertidas en gelatina decidieron además no prestar atención a mi cerebro.
Entiendo que las piernas no quieran funcionar si estoy a su lado, que quieran ser cómplices de mis deseos de quedarme ahí por un rato, de detener el tiempo en sus brazos, pero que no funcionen incluso a la distancias es como mucho.
Añorar mariposas es poético, da para muchas frases hermosas, para escribir en el blog sobre cuánto añoro sentirlas aletear en mi estómago; pero de piernas gelatinosas es difícil escribir algo bonito. Sin embargo, la desobediencia de mis piernas me hace sentir tan viva como las mariposas.
2 comentarios:
Eso de piernas que se gobiernan solas es como que peligroso! jajaja
Yo pensé que ya habías salido con el hombre, dale!
Jejejeje, ya re-salí.
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