Ser anecdótica es terriblemente complicado para mí. Siempre lo ha sido. Cuando estaba en el colegio, mis amigas venían a contarme el último chisme que estaba recién descubierto, contenido de todo cuchicheo colectivo y resulta que yo ya lo sabía, pero sencillamente había olvidado compartirlo. En un mejor escenario, me recordaba del bombazo, pero a la hora de relatarlo, era más incompleto que historia narrada por un macho cualquiera.
Esta incompetencia narrativa se extiende a contar el resumen de una película o de qué iba un libro. No importa cuán bueno haya sido el asunto, yo olvido la gran mayoría de los detalles, volteo los hechos e incluso cambio el desenlace.
Es por lo anterior, que mi blog narra pocas historias y se centra más que todo en el desahogo emocional producto de cualquier episodio de mi vida. Lo peor del caso es que a cada instante voy percibiendo historias de otros que merecen ser contadas. Voy por la vida de espectador. Observo y analizo cuanta cosa pasa a mi alrededor. Pienso en el momento de los acontecimientos en lo buenas que resultarían algunas historias, pero en lo que me dispongo a escribir, se repite mi inhabilidad discursiva para ser “cuenta cuentos”.
Hice un curso de escritura creativa, pensando en resolver el issue, pero quedó irresoluto, tal como demuestra este blog. Siempre he soñado con escribir un libro, pero mientras este pequeñito problema no se acomode, el libro no podrá ser ni novela ni cuento. Incluso la ficción se me enreda, no sé como hilar ni siquiera las vivencias que invento para mis personajes imaginarios.
El cotilleo no es mi deporte, pero al menos para la ficción sería bueno aprenderlo. Por lo pronto, sigo con mi frustración de ser experta en vertimiento de basura emocional y poco diestra en el maravilloso arte de narrar.
Saboteadores
Hace 21 horas